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Argentina

Cuando el aula deja de ser refugio y se convierte en herida

La tragedia de San Cristóbal reabre el eterno debate sobre violencia juvenil, acceso a armas y el rol de la educación pública en Argentina.

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Santa Fe vuelve a vivir una tragedia que golpea a la comunidad educativa. En la Escuela N°40 Mariano Moreno de San Cristóbal, un adolescente de 15 años entró armado y disparó contra sus compañeros. Ian, de 13 años, murió en el acto. La ley vigente lo declara inimputable y la reforma del Régimen Penal Juvenil aún no entró en vigencia. El crimen ocurre justo cuando el país discute cómo juzgar a menores de edad.

Reducir este hecho a un “caso policial” es un error. La violencia escolar en Argentina no nace en el aula, es reflejo de una sociedad marcada por la precarización, el individualismo y el acceso a armas de fuego. Cuando la palabra y el diálogo pierden fuerza, el aula deja de ser refugio y se convierte en herida.

Según el Barómetro de la Deuda Social de la UCA, uno de cada cuatro jóvenes atraviesa malestar psicológico, y en los sectores más vulnerables esa cifra se duplica. El 70% de los docentes afirma haber intervenido en situaciones de angustia extrema, pero la inversión en salud mental apenas llega al 2% del presupuesto sanitario. El resultado es claro, adolescentes sin redes de acompañamiento para enfrentar su sufrimiento.

La tragedia de San Cristóbal rompe un silencio de 22 años sin muertes en escuelas argentinas. En 1997, Burzaco fue escenario del primer caso, un adolescente llevó el arma de su padre gendarme y mató a un compañero. En 2000, en Rafael Calzada, Javier “Pantriste” Romero disparó contra sus compañeros tras años de bullying y provocó otra muerte. Y en 2004, la masacre de Carmen de Patagones dejó tres estudiantes asesinados y cinco heridos. Desde entonces, las escuelas argentinas habían evitado nuevas muertes. Hasta ahora.

La maquinaria mediática y algunos sectores políticos vuelven a instalar la “solución” de siempre, bajar la edad de punibilidad. Pero la violencia escolar es síntoma de una violencia social que baja desde arriba. Cuando desde el discurso público se valida la crueldad y se señala al otro como enemigo, el aula deja de ser espacio de cuidado y se convierte en campo de batalla.

En medio de la tragedia y del ajuste que golpea a la educación pública, los y las docentes siguen de pie. Las escuelas, aunque resquebrajadas, siguen siendo territorio de disputa donde se intenta construir un futuro más humano. Porque cuando la palabra pierde frente al plomo, la única salida es reconstruir los lazos que el sistema se empeña en romper.

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